15/1/13

Pure


◘ InooDai
♫ Pure - London After Midnight
♦ Basada en casi hechos reales, deseo un final así, juaz. Dedicado a mi Malasfachas, que aún teniendo un año y meses de no tener contacto con ella, la sigo queriendo demasiado, le agradezco tanto de lo que hizo por mi en momentos difíciles, y desearía que estuviera de nuevo a mi lado, ahora necesito tanto un empujón. CHAO.



Había perdido la razón de todo, de levantarse por las mañanas, de ir en el metro y después caminando hacia la escuela, de saludar a toda esa gente hipócrita de día, tarde y noche que se juntaba en los pasillos de todos los lugares, ya ni con sus compañeros a los que podía llamar “amigos” se sentía del todo bien. Nada, nada le hacía feliz, parecía sólo un muerto viviente, andando pero sin ninguna razón. ¿Cuándo había sido la última vez  que había sonreído con toda la intención y felicidad del mundo? ¿Cuál era la razón de todo eso? Pasaba horas preguntándoselo, tantas noches sin dormir, los ojos le pesaban incluso cuando más despierto se sentía… Y por supuesto que nadie lo notaba; él era la persona más feliz del mundo a los ojos de los demás, Daiki Arioka era conocido por tener una de las sonrisas más deslumbrantes, poderosas y hermosas de todo Japón, o eso era lo que todas las mujeres de instituto pensaban, ¿cómo era posible que alguien como él dejara de sonreír? Nadie se lo imaginaría. Pero su caso era ese.


Reflexionaba todo el tiempo; tenía demasiado pues se había vuelto callado. En su infancia no había tenido algún trauma grande, el único que podía recordar era el divorcio de sus padres a los cuatro años de su vida, había sido algo doloroso ver que en la escuela elemental todos los niños hablaban de sus perfectas familias y él no podía opinar nada, y era complicado, no lograba entender por qué tenía que pasar cada dos años la navidad con familias distintas. Sin embargo así creció y no le daba más importancia a eso, a pesar de todo seguía viendo a ambos padres, tenía buena relación con los dos, casa, comida, su propio cuarto, nada en particular que lo apartara de una vida decente.

¿La escuela? Siempre fue el que tenía buenas calificaciones, se llevaba bien con las personas tanto más jóvenes y hasta los adultos, solía luchar por lo que quería y sobresalía, aunque no le gustaba hacerlo mucho. Pasando el tiempo fue decayendo un poco, pero excusaba que era la adolescencia; los profesores dejaban de ponerle atención y por ésta vez él quería sobresalir enserio, pero nunca más lo notaron, dejó de esforzarse y siguió con su vida normal, seguía con buenas calificaciones.

Nunca supo en qué momento todo se detuvo, sacar buenas notas se volvió algo no tan importante, esforzarse menos, de hecho ya no lo hacía ni para hablar con la gente. Simplemente un día despertó y la luz no estaba más ahí, ya no lo acompañaba. Se empeñó a seguir adelante, año tras año se proponía volver a ser el mismo, algo faltaba y mientras más conversaba con la gente a su alrededor, más se iba alejando de su objetivo que ni él sabía cuál era.

Suspiraba, dolía tanto cualquier cosa que pasara, que lo llamaran inútil, los regaños que se llevaba de parte de sus padres por haber bajado en calificaciones, por pasarse todo el día encerrado, durmiendo, ¿pero qué más podía hacer? Todo lo intentaba, siempre ser el mejor hijo del mundo estaba en su cabeza, pero no podía lograrlo, pensaba que ya nunca podría serlo de nuevo. Ni el mejor estudiante ni el mejor amigo. Llevaba un gran peso sobre la espalda, y aunque dejara de hablarle a sus “amigos”, ellos jamás lo buscaban, quizás no les importaba tanto como para hacerlo, total, no era indispensable, era un inútil. Ahora no solo eran los profesores quienes lo ignoraban, también ellos, cuando salía: los meseros, taxistas, choferes, secretarias; para todo el mundo parecía ser invisible, incluso, por primera vez, para sus padres, no pedían más su opinión hacia las cosas y simplemente hacían con él lo que querían, lo que debía comer, vestir, cómo arreglarse, llevarlo a lugares que nunca le gustaron, separarlo de las únicas cosas que le mantenían tranquilo. Nunca jamás recibió un abrazo, palabras de compasión, agradecimientos, despedidas, nada, y él a su vez había dejado de hablar.

Hubieron varias personas que se acercaban a él, logró tener dos parejas durante cinco años, pero ninguna había durado, tan de prisa como habían llegado se habían esfumado; claro, ¿quién querría convivir con alguien que está prácticamente muerto y nada puede aportar? También era inútil para eso, no podía hacer feliz  nadie y hasta terminaba con la felicidad de los demás… Estaba solo, ni familia, ni amigos, ni mascotas, ni conocidos. Sólo libros, libros y más libros, porque ya ni la música le llenaba como antes.

Así era, años y años de lo mismo, se cansó de tantas críticas de los demás y fue cambiando a sus gustos, hacía esto, el otro, sólo para poder hacer feliz a sus pares, profesores, compañeros, parejas de rato; para los demás volvía a ser la persona más feliz del mundo, se veía alegre, amigable, y todo eso dolía más que nada, ser alguien que no eres para que te acepten, tener que cambiar a lo que dicta la sociedad sólo para que te dejen tranquilo por un momento. Dolía tanto que ya ni llorar le desahogaba.

Una noche, después de aguantar sermones de su padre acerca de lo que le deparaba el futuro; tenía por herencia la firma de su coctel de arquitectos, por lo tanto, sería uno. Nunca le preguntó lo que pensaba, lo que quería, lo que sentía, eso era y se acabó, según él, no serviría para nada más y tenía que darle el gusto, ya había pagado su entrada a una de las universidades más prestigiosas de Tokio, no podía decir que no. Últimamente se había vuelto tan frágil por todas esas cosas, ya había tenido suficiente de que su voz no tuviera más volumen y que sus metas hayan desaparecido. Cansado de llorar, se levantó de la cama y se dirigió a su escritorio, prendió la luz y de un cajón, luego de buscar y rebuscar encontró un cuadro de aluminio, de él sacó un bisturí nuevo, más afilado que cualquier cosa existente. Lamió sus labios, alzó un poco el short de pijama que vestía y rozó apenas la hoja afilada contra la pálida piel de sus muslos. A los pocos segundos un líquido rojo y caliente comenzó a escurrir en línea; uno, dos, hasta seis rasguños hizo en el muslo derecho. Vaya que dolía, ardía más que nada, pero su llanto había cesado, las endorfinas a causa del dolor le iban tranquilizando el pensamiento y sólo se limitó a pensar en ese ardor y la sangre. Volvió a lamerse los labios, limpió un poco la navaja e hizo lo mismo en el otro muslo, sólo dos rasguños, un poco más profundos que del otro lado. Antes de que las gotas cayeran al suelo y mancharan la alfombra, corrió al baño, ya su padre dormía, por eso lo hizo tranquilo. Se limpió, lavó bien la cara y regresó a la cama, aprovecharía esa sensación de paz para dormir.

¿Cuántas veces lo había hecho durante un año? Ya había perdido la cuenta, pero nunca se había excedido tanto, por lo que cicatrices tenía pocas en los muslos y unas muy ligeras en las muñecas, esas podrían pasar por rasguños de gatos. Seguía una vida normal, ya le daba igual estar en esa escuela que no le llenaba en lo absoluto, con personas que sólo les interesaban los edificios para la gente adinerada, ¿dónde había quedado la pasión por leer, por saber de la vida, de lo que hay más allá, de tantas cosas espirituales? Estaban vacíos, según él, pero aun así, se había vuelto tan hipócrita como ellos. Nadie conocía lo podrido y oscuro que estaba por dentro, que cada noche lloraba hasta quedarse dormido, que el odio que sentía por todos iba incrementando, la culpa por cada regaño, cada mal humor de los demás, por todo, que cada cierto tiempo, cuando ya no soportaba más, sangre corría de sus muñecas, muslos.

Del otro lado del edificio, algunos semestres más adelante que Daiki, había un chico en especial, a la vista de todos sería uno más, no sobresalía demasiado, excepto en las calificaciones, era el más inteligente de toda su generación, pero en físico era uno más: alto, delgado, tez blanca, pelo negro; aunque había un detalle, era más fino, parecía que flotaba al caminar, pero sobre todo sus dedos tocaban la melodía más hermosa en el piano. Aunque en éste mundo materialista eso nadie lo veía y nadie valoraba ya, sólo Daiki, había colocado su atención en ese joven, Inoo Kei, de octavo semestre. Todos los días aguardaba una hora después de clases para ir al salón de música, sentarse afuera y escucharlo tocar el piano, eran de las pocas veces que se sentía tranquilo, desde que comenzó con ese hobby dejó de cortarse, ya llevaba meses sin hacerlo. También iba a la sala de presentación a ver las maquetas hechas por él, lo admiraba y gracias a él agarró cierto gusto a esa carrera, más después de haber asistido a un congreso donde él dio una plática sobre hacer edificios más resistibles a los terremotos.

Hablaban poco pero Daiki nunca se abrió demasiado para hacerse más cercanos, pero esos momentos le caían de maravilla. Sin embargo no todo puede ser perfecto, su madre se casó de nuevo y tuvo que irse a vivir con su padre pues ella formaría otra familia con su ahora esposo. La vida con su padre era mucho más difícil, exigía demasiado, trabajos que podían hacerse por tres hombres se los encargaba a él solo y en poco tiempo, por ende nunca eran tan perfectos como él los requería. Siempre le criticaba todo, no existía el libre albedrío y libertad de expresión en esa casa. Volvía a odiar todo, a deprimirse por el abandono de su madre, regresó a hundirse en su depresión, de nuevo no era bienvenido en los círculos sociales, dejó de comer, muy apenas y caminaba por los pasillos de la universidad. Nadie recordó su cumpleaños número veinte, fue un día más para todos, lo único que le motivaba era el ser mayor de edad y poder salirse de la casa de su padre, pero mientras más buscaba trabajos, menos lo aceptaban, quizás desprendía tanta aura negra que no querían que los negocios decayeran por las malas vibras. Estaba tan cansado de todo, de todos, que no pudo esperarse si quiera a llegar a su casa, no; en el mismo baño de la escuela después de escuchar la melodía que Kei tocaba en el piano y que esta vez no pudo con su depresión, sacó el sacapuntas, desatornilló con ayuda de una regla el tornillo que fijaba la navaja con la base de metal, limpió con agua y jabón y se encerró en el último cubículo del baño. Se quitó el pantalón y saco, aventó todo y quedó sentado en el suelo recargado a la pared, lloraba porque no podía contenerse más, ahora si había perdido el hilo de todo, no quería más estar ahí, no le veía razón a la vida. Dos cortes, la sangre ahora era mucho más oscura que las otras veces, lo que indicaba que lo había hecho más profundo. Cerró los ojos y suspiró, intentaba calmar el llanto pero no podía, necesitaba más dolor físico, continuó, sus muslos y piso quedaron bañados de sangre, en sus antebrazos se dibujaban largos y rojos rasguños con finas gotas de sangre, cortó y cortó por todos lados hasta que la puerta del cubículo se abrió de golpe, sus lágrimas no lo dejaban ver, pero una sobra blanca apartó la navaja de sus manos, lo separó de la pared y lo abrazó con toda la fuerza del mundo; se sentía tan suave y cálido, algo que había olvidado por completo. Rompió en llanto, ya ni tenía qué preguntarse quién era quien lo abrazaba, con su aroma y delgados brazos pudo reconocer a Inoo Kei, y lo abrazaba con tanta fuerza que le daba la confianza de seguir llorando hasta que no pudiera más. Así fue, sólo bastaron pocos minutos para callar y escucharlo hablar:

-No te puedes hacer daño, no puedes desear morir, no puedes dejarme solo.

Se apartó de él mirándolo con los ojos húmedos, Kei se levantó y sacó una botella de agua y pañuelos desechables, limpiándolo con delicadeza como si Daiki fuera de porcelana y se fuera a romper si ejercía más presión. Cuando la sangre dejó de brotar, Kei lo vistió, se arremangó las magas y le mostró los antebrazos y muñecas a Daiki, lucía cicatrices iguales a las suyas pero seguramente con más años.

-¿Por qué? – Preguntó acariciándolas Daiki en un susurro.
-Porque también me sentía solo como tú, por esto, por lo otro, después descubrí la música y todo se calmó.

Siguieron hablando, más tranquilos, abandonaron el baño y después el edificio, encaminándose hasta la casa de Daiki. Kei, desde un principio, había notado la soledad y depresión en Daiki, se había dado cuenta también de que lo escuchaba tocar, por eso lo hacía más a menudo  y lo más alegre que podía, pero sabía que ese día algo andaba mal y lamentaba haber llegado un poco tarde para impedirlo hacer aquello, sin embargo llegó a tiempo para impedir algo más grave.
En la puerta volvieron a abrazarse, a ambos les quedó en claro que no estaban solos por más difíciles que se vuelvan las cosas, ya se tenían el uno al otro, no había hipocresía entre ellos y se comprendían, sabían que un abrazo y una sonrisa sincera era lo más valioso en el mundo.

16/1/12

Vivo

◘ InooDai
♫ No te puedo olvidar - Zona Ganjah
♦ Tenía tantas, pero tantas ganas de hacer uno así. Se lo dedico a MABELUCOME, por supuesto. Y a mi Akire, mi Malasfachas, que la extraño TANTO. Bleh, es un asco, como siempre, no sé darle final a las cosas. Así que ahí está.


Tantos años habían pasado, incluso siglos enteros desde que había perdido al amor de su vida y había sido condenado a vivir eternamente, muerto en vida. Había vivido tanto tiempo sin ninguna razón, ya conocía todo el mundo, había vivido sus más oscuras etapas, había cometido cualquier exceso, hecho actos impuros sin piedad alguna; había probado de todo buscando llenar ese vació en su interior. Ya se había vengado de los que le habían quitado la vida al ser más perfecto que jamás conoció, y a lo largo de los años lo seguía buscando, sin embargo, nunca encontró alguien parecido ni en lo más mínimo.
Nunca, hasta que llegó a ese pequeño pueblo a las afueras de un bosque; ya tenía meses viviendo ahí, hasta entonces había sido tan tranquilo, pero desde que había llegado había visualizado a aquél joven de baja estatura, hijo del sastre del pueblo. Era tan idéntico a él, el mismo porte, cabello, sonrisa, ojos, labios, piel, todo, podría asegurar que era “él”, su “Daiki”. Desde entonces lo único que hacía era buscar pretextos para verlo, lo seguía, sabía todos sus movimientos diarios; pocas veces habían cruzado palabras, y eso sólo era cuando iba a la sastrería a hacerse un buen traje.

Al parecer, ese día iba a ser como todos los demás, ver al chico ir de la sastrería a cobrar a las casas más adineradas, hacer mandados y atender clientes en el trabajo; era un chico normal sin problemas, una vida común y rutinaria, pero le encantaba verlo, lo recordaba tanto… Pero no, no era un día normal cuando de la nada cambió su rumbo de la casa de los Okamoto, los más ricos del pueblo, hacia el bosque, por lo que sin espetar, lo siguió confundido, manteniendo cierta distancia para nos ser descubierto como hasta ahora… o eso había pensado él.
Siguió avanzando hasta llegar a un área en el bosque en forma de círculo sin árboles, dejó de ver las huellas del menor y frunció el ceño, por el frío y la nieve le era más difícil notar el aroma peculiar del otro, que si, también era idéntico al de su Daiki.
Jamás lo esperó, jamás imaginó que de la rama de un árbol aquel chico saltara hacia sus brazos. El tenerlo tan cerca le hizo estremecerse y más al escucharlo susurrar rozando ambos pares de labios:

-Cázame… muérdeme… hazme tuyo- El menor atrapó su labio inferior, succionándolo con suavidad para luego soltarse y sonreír, comenzando a correr para perderse entre los árboles. Sin haber tenido el  tiempo de contestar o algo, el menor ya se había echado a la fuga, sonríe para si mismo y le da tiempo de que se alejara más, mira hacia el cielo, cierra los ojos y hace girar la cabeza en su eje. Luego de unos segundos abre los ojos y la boca sacando los colmillos, esta vez haría toda una caza, así que empieza a correr por donde se había ido el menor, guiándose por el aroma que dejaba, que después de haber echo aquello, se le había agudizado los sentidos, luego se preguntaría el por qué y cómo lo había descubierto.
El menor iba corriendo, mordiéndose el labio inferior, respirando agitadamente. Se volteaba para asegurarse de que el mayor no estuviera cerca. Ríe suave, comenzando a correr hacia la derecha dejando de seguir el camino recto. Se detiene unos segundos, susurrando para sí mismo:

-Hagámoslo enloquecer un poco...- Saca un alfiler, con el cual, se hace un corte pequeño en el dedo pulgar, dejando que la sangre saliera, apretándose un poco más para que pequeñas gotas cayeran al suelo mientras corría. Luego se mete el dedo en la boca y cambia de dirección, sintiéndose extraño ante tal juego pero la adrenalina le gustaba. Sabía lo que era el mayor.

Llegó a un momento donde perdió huella de su aroma, se para moviendo la cabeza hacia todos lados, de repente le llega ese olor un tanto débil de su sangre, todos los bellos de su piel se erizan y desaparece, apareciendo donde el otro había dejado caer las gotas; se muerde el labio inferior y sigue el camino que el olor le marcaba, agitándose, no por la velocidad, sino por el deseo que se iba apoderando de él. De nuevo deja de percibir su sangre, gruñe un poco exhalando pesadamente, volviendo a desaparecer y guiándose por la respiración que comenzaba a escuchar; aparece frente a él mirándolo entrecerradamente, lamiéndose el labio inferior-

El más bajo sonríe divertido al notar que tras de sí todo estaba vacío, pero al regresar la vista al frente da un salto al verlo allí. Su respiración era agitada por la carrera, sin embargo todo su cuerpo se agitó en deseo por sentir esos labios pegados a sí, sus ojos hambrientos, su piel clara, las ganas de él le hicieron trastabillar unos segundos, pegándose a uno de los árboles. Y aunque deseaba sentirlo con locura, no se dejaría vencer así, por lo que comienza a correr nuevamente. El más pálido se iba acercando lentamente a él cuando lo mira pegado al árbol, solía desearlo en demasía, pero en aquél estado todos sus sentidos se multiplicaban, jadeando incluso a sentir su aroma clavarse más en el cerebro. Quedaba a unos pasos de él cuando sale corriendo, frunciendo el ceño y dando un golpe en el tronco del árbol sonriendo de lado, así mismo sale corriendo detrás de él, apareciéndose cada tanto a su lado, susurrándole "Daiki, eres mío", no sabía por qué lo llamaba de aquella forma, pero tenía la corazonada de que si era él, sentía que estaba viviendo de nuevo. Por el contrario, él menor soltaba jadeos entrecortados cada vez que lo escuchaba. Se detuvo de golpe, intentando regresar hacia donde antes estaba y a la vez, lograr despistar al mayor, pero ya no podía resistirlo, escondido detrás un árbol, dudando de su paradero, mirando hacia todos lados. Se muerde el labio inferior tomando nuevamente el alfiler para hacerse un nuevo corte en el otro pulgar, deseando que lo encontrara ya.

Deja de escucharlo y para, sabía donde estaba, el aroma de su sangre se impregnaba hasta el último de los poros del cuerpo, así que comenzó otro juego. Caminó lentamente haciendo crujir algunas ramas que habían regadas en el suelo, se va acercando al árbol, pero antes de llegar para en seco, desvaneciéndose para aparecer en una rama del árbol y así verlo desde allá arriba.

-Maldición- Susurra para sí mismo al verlo tan indefenso y al notar la sangre gotear por sus pulgares, se muerde el labio inferior y en cuestión de segundos da un salto al suelo quedando enfrente de él, pero lo suficientemente cerca para no dejarlo escapar de nuevo- Daiki...- Se acerca más dejándolo acorralado contra el tronco, interponiendo una pierna entre las de él, hablando sobre la piel de sus mejillas -Daiki... eres mío y lo serás... por siempre- Le lame el labio inferior cargándose más de deseo.

Justo cuando se disponía a correr siente sus brazos acorralarle. El deseo le hace estremecerse. El deseo y la adrenalina le hacen gemir por escuchar sus palabras, dejando colar aquella pierna. Lleva el pulgar derecho que aún soltaba pequeñas gotas hasta los labios, pintándolos con la sangre, pegándose más al árbol.

-Tendrás que hacerme tuyo- Susurró, sintiendo las mejillas arder. 

Le lame los labios sintiendo piquetes por toda la columna por el sabor de su sangre tan único, tan exquisito, lo volvía loco, completamente lleno de deseo. Era él. Sonríe de lado al escucharlo y comienza a besarlo ferozmente, abriéndose paso  a su boca con la lengua perdiéndose en aquella cavidad tan caliente y húmeda, saboreando la saliva que por igual lo enloquecía hasta perder la razón. Las manos de Daiki de inmediato le rodean el cuello, pegándolo más a sí mientras sube la pierna derecha hasta su cadera, presionándola contra esta, llevando el dedo con sangre hasta el cuello del mayor. Deja un pequeño camino de sangre para luego separarse y lamerlo, dejando la lengua roja por la sustancia afuera, esperando porque el mayor la atrapara. Y así fue, Kei se separa de sus labios tragando saliva con dificultad por sentirlo sobre el cuello propio, quería hacerlo suyo en ese mismo instante, pero quería disfrutarlo también, cada parte de su cuerpo, cada segundo que pudiera. Le mira la lengua y sin pensarlo si quiera una vez, la atrapa entre sus labios y comienza a succionarla, le desabrocha el abrigo y desliza las manos dentro del mismo acariciándole los costados con delicadeza, con bastante contraste al beso que iniciaba, enredando ambas lenguas fuera de sus bocas, dándole mordiscos y succiones en los labios, presionando con el muslo su entrepierna
Suspira al sentir como el mayor movía la lengua sobre la propia. Comienza a mover las caderas contra el muslo del mayor y logra susurrar contra sus labios:

-Quiero que te frotes en mí, quiero sentirte…

Jadea de sólo escucharlo y con movimientos rápidos lo voltea subiéndole el abrigo, pega la pelvis a su trasero y comienza a hacer movimientos circulares y descarados, hacia arriba y abajo, haciendo también como si ya lo estuviera embistiendo, sintiendo cómo se iba endureciendo, hinchándose, jadeando sobre la nuca del menor, besándola y lamiéndola mientras deslizaban una mano bajo la camisa de su compañero acariciándole el estómago hacia arriba hasta encontrarse con uno de los botones rosados y comienza a presionarlo, pellizcarlo. Baja otra mano a su entrepierna y la presiona de arriba hacia abajo. Siempre había sido así, le pedía lo que él quería sin más.

-Ahhh ¿lo sientes ahora?

Gime con fuerza, apoyando ambas manos al árbol, ignorando como la áspera corteza le lastimaba las manos. Se inclina más, alzando las caderas, moviéndose contra él.

-S-sí, ahhh, tan delicioso, te pongo tan duro- Susurra, lamiéndose los labios- Quiero hacerte explotar… ¿Y s-sabes qué quiero hacer luego? Quiero comértela…

Aprieta los ojos, sintiendo punzadas sobre su miembro ante cada palabra del menor, sus sentidos revoloteaban, frotándose más rudo contra él, le aprieta la tetilla luego saca la mano de la camisa, le desabrocha el pantalón y se separa caminando dos pasos hacia atrás, lo toma de un hombro y lo gira arrodillándolo al suelo, se para frente a él y se desabrocha el pantalón bajándolo un poco para liberar su hombría dura, gruesa y adolorida por la excitación, se acerca más a él pasándosela por los labios

-Adelante... ¡hazlo!- Se muerde el labio inferior tomándole del cabello ansioso porque ya lo hiciera.

Se volteó cuando el mayor lo obligó, siguiendo los movimientos de sus manos hasta que lo ve sacar aquél manjar que tanto deseaba. Se sintió humedecer más, apoyando ambas manos en sus caderas, siguiendo como gatito hambriento su miembro con los labios cuando lo hace rozar contra estos. Dejó escapar el aire sobre su punta y luego empuja la lengua por toda su cabeza, jalándolo más para pegarlo y meterlo lentamente en la boca. Comienza a formar un vaivén, sólo humedeciéndolo con la lengua para entonces comenzar a sacarlo y succionarlo al hacerlo. Vuelve a introducir y lo hace con una profunda succión, logrando que resbalara por su boca. Mientras le mayor cerró los ojos por inercia dejando escapar un gemido ronco, caliente, estremeciéndose de la cabeza a los pies. Enreda los dedos en su cabello empujándolo más hacia su propia hombría. Abre los ojos cristalinos, bajando la mirada para verlo, ver cómo se iba hundiendo en aquellos labios que tanto amaba. Echó la cabeza hacia atrás, las venas de su cuello se notaban, su nuez de Adán vibraba ante los jadeos y gemidos que iba lanzando al aire frío del bosque. Le toma con más fuerza el cabello y empieza a mover la pelvis para entrar más en él, completamente deseoso de sentir más de aquella lengua y succiones que le hervían la sangre, moviendo la cabeza hacia ambos lados llenándose de calor, lujuria, deseo; mueve con más fervor su pelvis llegando casi hasta la garganta del menor, violándole la boca, por así decirlo, sintiendo arder cada músculo de tan sólo ver aquella escena. Pronto sus piernas comenzaron a flaquear, los músculos de su vientre se contraían y sentía su hombría explotar, por lo que siguió embistiendo lo más duro que puedo, lanzando incoherencias al aire en jadeos y gemidos. Hubiera querido aguantar un poco más, pero sin poder detenerlo se corre en la boca del menor gimiendo ahogado su nombre, respirando agitadamente. Baja la mirada para encontrarse con la del menor y lo jala del cabello con delicadeza para ponerlo de pie, volverlo a acorralar en el tronco, besándolo con furia saboreándose sutilmente. Cuando se corre, el menor se separa dejando que cayera algo sobre sus labios y lo demás que se perdiera en la blanca nieve. Se lame los labios limpiando cualquier rastro de semen, degustando el sabor ajeno. Cerró los ojos por unos instantes, parando cualquier movimiento. Los abre segundos después al ser tomado de aquella forma, jadeando, correspondiendo el beso con desesperación.

Delinea la figura del menor por debajo del abrigo. Al dejar sus labios rojos e hinchados se separa bajando por su quijada, succionando y lamiendo, haciendo que él fuera levantando su rostro y tener libre su cuello; pasa la nariz y labios por la cálida y suave piel, sintiendo llenarse nuevamente de la lujuria de minutos antes. Desliza las manos por debajo de su camisa acariciándole los costados, incluso rasguñando un poco las caderas. Le desabrocha el pantalón e introduce la diestra debajo de su ropa, le toma el miembro y comienza a masturbarlo, abriendo la boca dejando rozar los colmillos en su cuello en busca de la yugular.

-Entra en mi - Suplica entre sollozos el menor, olvidándose por completo del frío- D-desnúdame, tómame, Kei, quiero que me folles y bebas de mi, como antes- Jadea, comenzando a sacarse el abrigo, desesperado.

Entrecierra los ojos haciendo un poco hacia atrás la cabeza dejando que se quitara el abrigo, vuelve en sí y le quita el pantalón y ropa interior, se quita también el abrigo y con facilidad lo toma de las piernas y lo carga hasta la altura de la cadera, aferra las manos a sus nalgas apretando, separándolas para rozarse en la separación de ambas buscando su entrada con el miembro, comenzando a lamerle todo el cuello. Baja una mano hasta su propio miembro y lo guía hacia la entrada del menor; esconde el rostro en su cuello y abre la boca grandemente sacando los colmillos al encontrarle la yugular. Fue cuestión de segundos que le tomó clavarse en su cuello con ambos colmillos al mismo tiempo que lo penetraba con fuerza, perdiéndose en la magnífica sensación caliente, húmeda y estrecha que era estar en él, empezando a succionar de su sangre. Mantiene con firmeza las manos en sus nalgas, presionándolas con los dedos logrando así estrecharlo un poco más. Estaba caliente, ese calor que sólo el menor podía despertar de él, gemía ronco ante cada estocada fuerte y veloz que le daba, clavando un poco más los dientes y succionar más cantidad de aquél líquido carmesí que tanto amaba, que tanto extrañaba. Por su lado, Daiki se sentía demasiado húmedo, jadeando ahogadamente. Guía una mano a la nuca de Kei, presionándolo con firmeza contra sí. Todo golpe que recibía a la entrada le hacía temblar, gimiendo audiblemente cada tanto. Cierra los ojos, dejando caer lágrimas por los ojos. Se sentía estallar de puro placer, aun cuando la corteza del árbol le lastimaba.

-A-Aah, mh... M-Más- Gime, bajando el rostro para poder lamer su cuello, recorriendo su espalda y hombros mientras contrae y expande la entrada.

Kei enterraba las uñas sobre sus nalgas, quería estar completamente dentro de él, embriagarse más de aquél calor y esas sensaciones; la sangre que bebía de él era más caliente que otras veces, enviciaba todo su cuerpo a darle más y más duro pegándolo más al tronco sin dejar de moverse, succionar. Bebe más mientras sus ojos se volvían rojos de lujuria, deseo, completa excitación. Embestía con más rudeza necesitando que el menor lo sintiera por completo, arquea la espalda ligeramente jadeando, mordiendo más fuerte. Succionaba todo lo que debía succionar de sangre, si seguía no podría parar después, así que suelta su cuello de la mordida, viendo las gotas brotar por las heridas, le lame limpiando y se sigue paseando por todo el cuello, mordiendo y haciendo más succiones, dejando marcas rojas, marcándolo de su propiedad. Penetra con más violencia moviéndose descontroladamente, gimiendo alto cada que sentía la entrada del menor contraerse.

Daiki, por su parte, soltó un gemido lastimero cuando el mayor se separó de su cuello. Sus dedos se movían por la espalda del otro directo hasta su nuca y separándose del cuello del mayor, busca de inmediato sus labios, rozándolos, susurrándole sobre estos lo mucho que lo extrañaba, que lo necesitaba, que siguiera y que por nada del mundo se detuviera. Clavaba las uñas en su espalda, movía la cadera débilmente dejando caer lágrimas de placer, gritando su nombre una y otra vez. Saca la lengua para lamerle los labios, entrelazar ambas lenguas aunque fuese torpe. Sus movimientos se hacían más frenéticos, salvajes, acelerados a la par de los del mayor. Le muerde el labio inferior con tal fuerza que hiere su piel, enloqueciendo por completo, entregándose entero a él. Pronto, fue perdiendo la estabilidad, los músculos de su cuerpo se contraían, sufriendo espasmos por todo su cuerpo, anunciando el esperado orgasmo y corriéndose entre ambos abdómenes. Al igual en el mayor, que echa la cabeza hacia atrás, encorva la espalda dando tres últimas estocadas, la siguiente más fuerte que la anterior, todo eso al sentirlo contraerse, y se corre en su interior mordiéndose con fuerza el labio inferior, jadeando ronco. Busca la curvatura de su cuello y posa ahí la frente respirando agitadamente, abrazándolo más fuerte y posesivo, susurrando contra la piel de su cuello:

-Daiki... Te amo~ Te extrañé tanto, ¿porqué tardaste tanto en volver a mi?

-Fueron muchas vidas para llegar a un cuerpo idéntico al mío, quería que me volvieras a amar como me habías conocido… Te amo Kei, y esta vez nada nos separará- Suelta un suspiro, recorriendo su espalda suavemente, manteniendo los ojos cerrados.

Si, era él, el amor de su vida, aquél que le habían arrebatado despiadadamente, por el que había vendido su alma al mejor postor para volverlo a ver, por el que había esperado siglos enteros, con el único que lo hacía sentirse con vida, y que todo el tiempo pasado no había sido en vano.

19/8/11

Sin luz


◘ InooDai
♫ Kumbala - Maldita vecindad 
♦ Se fue la luz un momento y me dio por escribir eso. Akire, te lo dedico♥


Odiaba con todo su ser cuando la luz se iba, y era porque simplemente la oscuridad no le gustaba mucho que digamos, aparte, el aire acondicionado quedaba sin funcionamiento y el calor comenzaba a inundar el ambiente, el internet se iba y no había computadoras o televisores que funcionaran con pilas a su alcance...
Todo era tan aburrido, escuchar los ladridos de los perros, maullidos, gente en la calle hablando de lo obvio, luego miró al rededor de su habitación, miró al mayor que un segundo después de haberse ido la luz chistó "Se fue la luz", já, que gran descubrimiento... pero se detuvo más tiempo a verlo, nunca lo había hecho tan bien, pero el reflejo que daba la luna en el rostro pálido y perfecto de Inoo Kei era simplemente maravilloso... "¿Qué me ves?" Sólo mustió riendo un poco, miró fijo a la ventana como esperando a que la luz volviera, aún así lo miraba de reojo... 
Amaba con todo su ser que se fuera la luz.